jueves 22 de diciembre de 2011

Tengo derecho a estar triste y depresivo...

Además tengo derecho a que esa tristeza se manifieste descaradamente,  a que esa depresión crónica no se postergue por ningún motivo,  tengo derecho a gozar de mi tristeza, tengo derecho a que esa tristeza me haga hacer cosas que no tenía planeado  y además tengo derecho a arrepentirme luego;  aunque eso ya no importe.

Soy consciente de todas mis obligaciones, pero también creo que ellas seguirían su ruta acostumbrada  sin mi presencia, porque además tengo derecho a no sentirme imprescindible ni necesario.

Si hay que llorar, pues me dejo llorar, porqué hacer tanto drama sobre unos cuantos quejidos nocturnos,  porqué jodidamente especular sobre mi condición  mental y mi manera de ver la realidad,  acaso ustedes no son felices intercambiando baratijas entre sus predilectos, acaso ustedes no son felices disfrazándose de anuncios de televisión…

¿Acaso no gozan cuando uno de ustedes dice un chiste más o menos estúpido? entonces déjenme que yo haga de mi estado de ánimo una contradicción,  un constipado diario, un sedicioso de toda esta comedia que de pronto ya no me divierte ni le encuentro gracia...

Tengo derecho a refugiarme en la melancolía que es una variante poética de la depresión y a esconderme en la soledad de la soledad de la soledad para sentirme más o menos  a salvo del caótico trajinar de los días...

Tengo derecho a lucir con orgullo mi tragedia , tengo derecho a sentirme infeliz si quiero estarlo, no es una obligación que los demás - en un equivocado espíritu de bondad- me “acompañen en mi dolor” no hay nada mas deleznable que armonizar  una lástima que no se ve  por ningún lado…

Tengo derecho a escribir mi mala poesía si eso me causa placer y tengo derecho a que esa poesía de basurero sea un manifiesto al suicidio (si quiero)  o un canto general a la desesperación o una desventura perpetua, un ordinario grito desde la ventana…

Tengo derecho a los trópicos y a los sicotrópicos, a las esquirlas y las oscuridades, a las lejanías y a las nadas, a los silencios y las despedidas, al colapso brutal  y al desvarío si fuera posible…

Por qué tengo que buscar la felicidad en mí si eso no me alimenta? Una escritora de libros que enseñaba al mundo a  ser feliz  terminó colgada de un poste y aquel hombre que predicaba la paz mundial fue acribillado a balazos en las calles de Guatemala.

La vida no es ni la milésima parte de aquello que hace de la gente marionetas de una felicidad falsa. La vida es esa herida  que lentamente se enciende sin darnos cuenta, mientras nosotros comemos palomitas de maíz en el cine.

Desconfió de esta felicidad, desconfió de esa gente feliz,  me alejo sin que nadie se dé cuenta cuando alguien empieza a susurrarme su afortunada vida, sus logros y sus perros sin pulgas. Ellos no lo saben, pero muchas de esas gentes  emanan una asfixiante orfandad, una desolada postergación o demasiadas normas impuestas que los dejan perforados de una alegría  aparente, empujados  a alquilar su felicidad.  Rostros horrendos llenos de una deshonesta alegría. Rostros sin brillo ni paz.

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Entonces: ...Descarga tu ira en función a tu capacidad mental y si es posible (además) miénteme un poco...