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Única fotografía de Chopin. Se cree que fue tomada en 1849, poco antes de su muerte. |
Ya de muy joven se manifestaba su delicada salud. El Dr. Sielużycki ha escrito que Chopin estaba predispuesto a enfermedades reumáticas, problemas gástricos, severos dolores de cabeza y graves infecciones dentales como resultado de sus podridos dientes.
Ya en su juventud, a menudo le faltaba la respiración y sudaba. Debido a su acidez de estómago tenía que llevar una dieta (no se le permitía, por ejemplo comer pan de centeno de pueblo, que tanto le gustaba).
Se debía mantener en casa durante los días de tiempo inclemente. Cuando tenía dieciséis años, patinando se cayó, se lastimó la cabeza, y le tuvieron que llevar a casa semiinsconciente. Ese invierno tuvo fiebres catarrales, e inflamación de ganglios. Le plantaron sanguijuelas en su garganta para bajar la inflamación.
Chopin sufría de fatiga, una elevada ansiedad nerviosa y emocional. Sus padres lo mandaban los veranos a la campiña polaca para recuperarse. También fue a balnearios de curas, ya de adolescente. Desarrolló ‘miedo a los espacios abiertos’, ahora llamado agorafobia.
A medida que gradualmente su salud iba empeorando, todo ello afectaba a su personalidad en años venideros.
El Dr. Sielużycki ha enfatizado que posiblemente Emile y Fryderyk hayan sufrido de unas condiciones ‘pretuberculosas’. Se cree que fue contaminado muy pronto por el bacilo de Koch, ampliamente extendido en Polonia. El estetoscopio fue inventado en 1819 pero no estaba disponible aún en Polonia. Tosidos y palidez eran la base principal para su diagnóstico.
Ya de adolescente desarrolló una gran fobia a la muerte que no la abandonaría nunca. Posiblemente la muerte de su hermana Emile le causara una gran impresión, aunque no hay mención de la muerte de Emile en ninguna de sus supervivientes cartas.
Análisis modernos de psiquiatría sobre la salud mental de Chopin, basados en correspondencias, memorias y sus primeros biógrafos, sugieren fuertemente que tenía cuadros maniaco depresivos y esquizofrénicos.
El Dr. Sielużycki y otros expertos creen que su frágil salud fue responsable de la mayoría de sus desórdenes internos. El primer signo documentado de la condición emocional de Fryderyk aparece en su carta a Jan Matuszyński en la Navidad de 1830. Contando su visita a la Catedral de Viena escribe:
“...No fui a oír la Misa, sino a contemplar a esa hora el enorme edificio. Fui hasta el pie de una columna gótica, en el rincón más oscuro...Estaba todo silencioso, de vez en cuando se oían los pasos de un sacristán que encendía lámparas detrás del presbiterio, y entonces salía de mi letargo. Un ataúd detrás, un ataúd debajo, sólo me faltaba un ataúd encima...Nunca me había sentido tan huérfano.”
Dos médicos españoles, Manuel Vázquez Caruncho y Francisco Brañas Fernández, de los servicios de radiología y neurología del hospital gallego de Lugo, han llegado a la conclusión de que el compositor y pianista polaco Frédéric Chopin, que padeció una gran cantidad de enfermedades a lo largo de su vida, también sufría epilepsia.
Otro ejemplo de la fascinación de Chopin con la muerte es la longeva cita en la entrada de su diario que mantuvo desde 1829 a 1831, cuando supo en Stuttgart de la caída de Varsovia a manos rusas. Basado en su inflamada imaginación y ausencia de información, este diario es un grito de incoherente desesperación:
“¡Cosa extraña! Esta cama donde me acuesto, quizá hayan yacido cadáveres sobre ella, pero hoy esto no me disgusta, ¿es un cadáver peor que yo? ¡El cadáver no sabe nada sobre su padre, sobre su madre, sobre sus hermanas, sobre Tytus! ¡El cadáver no tiene una amada! ¡No puede conversar en su propio lenguaje con los que le rodean! El cadáver está tan pálido como yo. El cadáver está tan frío como ahora yo siento frío de todo... El cadáver ha cesado de vivir... ¿cuántos nuevos cadáveres se están produciendo en el mundo en este mismo momento?...La muerte es el mejor acto del hombre, ¿y cuál es el peor? Nacer: lo más opuesto que hay a lo mejor. Tengo razón en estar encolerizado por venir al mundo: ¿a quién le sirve que yo exista?... ¿Me amaba [Konstancja] o sólo fingía? Sí, no, sí, no, no, sí... ¿Me ama? Seguro que me ama, que haga lo que quiera...”
Y ahora sigue sobre la caída de Varsovia:
“Los suburbios están destruidos, quemados. Jaś y Wilus probablemente muertos en las trincheras. ¡Veo a Marcely prisionero! ¡El bueno de Sowiński en manos de esos brutos! ¡Moscú gobierna el mundo! Dios, ¿existes? Estás ahí y no te vengas. ¿Cuántos más crímenes rusos quieres, o...¡¡es que también eres ruso!! ¡Mi pobre padre! El pobre anciano debe de estar muriéndose de hambre, y mi madre no puede comprarle ni siquiera pan. ¿Quizás mis hermanas han sucumbido a la ferocidad de la soldadesca de Moscú que anda suelta? ¡Pobre madre, cuánto sufres! ¿Has traído al mundo a una hija para ver cómo un ruso violaba sus propios huesos? ¿Al menos habrán respetado su tumba [de Emile]? ¿Dónde está? Pobre chica...Vida mía, estoy sólo; ven a mí, te secaré las lágrimas, te curaré las heridas... Dios, haz que la tierra se estremezca y se trague a los hombres de esta época, deja que caiga el peor castigo sobre Francia, que no vino a ayudarnos...”
Desgarrador.
Chopin había experimentado oscuras fantasías y alucinaciones desde la temprana adolescencia. En 1834 Chopin viajó junto con Hiller al festival de música de Aachen (Alemania) y escribió a la madre de Hiller:
“Hoy estoy como el humo de nuestro barco de vapor... me disuelvo en el aire y me siento como si parte de mí estuviese viajando hacia mi madre patria, hacia mi pueblo, y la segunda parte a París hacia ti”. El experto Ryszard Przybylski sugiere que esta carta es una indicación de la leve esquizofrenia del compositor.
Tras el agotador y emotivo viaje hacia Karlsbad y Dresde, al llegar a París enfermó de gravedad y fue la primera vez que tuvo hemoptisis (escupía sangre). Le cuidaba su amigo y médico Jan Matuszyński.
No había un tratamiento para la tisis en aquellos días. Muchos expertos creen que la tuberculosis no tratada produce distorsiones psicológicas incluyendo la esquizofrenia y neurosis obsesivas. Dr. Davila estudió su vida desde una perspectiva clínica y lista “aislamiento, abstención del sexo, aparente frialdad y arrogancia en público, superdisciplina y vestimenta meticulosa” como síntomas de tales desórdenes junto con la irritabilidad, incapacidad para mostrar afecto y brotes de melancolía, todos síntomas asociados a enfermedades maniaco-depresivas.
Surge la pregunta de si esa aparente enfermedad maniaco-depresiva de Chopin era realmente el resultado de una tuberculosis no tratada, como sugiere Davila, o si las dos enfermedades eran coincidenciales.
Las enfermedades maniaco-depresivas o esquizofrenia conducen a la pérdida del contacto con la realidad, una sensación de estar bebido y no saber el paradero. Chopin había relatado episodios de pequeñas alucinaciones como en la catedral de Viena, el diario de Stuttgart junto con otros.
Chopin no sólo ocultaba sus dolencias y achaques durante años (especialmente a su familia), sino que la disimulaba, y la subestimaba, aunque siempre pensaba que podía curarse.
Su salud mejoró desde que llegó a Paris, en 1831. El período de cuatro años, desde 1831 hasta 1835 marca la ‘etapa feliz’.
Su estado de salud aunque iba degradándose paulatinamente tenía altibajos, con períodos de muy buena salud (de no estar enfermo, mejor dicho) y períodos de enfermedad con toses, fiebres, infecciones, etc, mucho más frecuente casi todos los inviernos.
Su costumbre de permanecer hasta muy tarde tocando en los salones (a veces hasta que amanecía) y posteriormente levantarse temprano para asistir a sus clases diarias podían haber incidido negativamente en su salud.
La contribución de George Sand con la salud de Chopin fue muy positiva. El sangrado era un tratamiento aceptado para la tisis en aquel tiempo, pero Sand temía que eso era muy peligroso y no haría más que empeorar más su salud. De hecho, Sand tenía buenos conocimientos de medicina. Pero con todos los padecimientos de Chopin en Mallorca, volvieron pesadillas y alucinaciones, como relata la propia Sand en sus memorias: “Era un paciente detestable. Se desmoralizaba completamente, aceptando su sufrimiento con justo coraje. Para él el monasterio estaba lleno de terrores y fantasmas, incluso cuando se sentía bien. Volviendo de una exploración nocturna con mis hijos, le encontramos a las diez de la noche, pálido en su piano, con ojos obsesionados y sollozando. Necesitó varios instantes para reconocernos. Se levantó y de un gran grito nos dijo en un extraño tono, ‘Ah! ¡Sabía bien que vosotros estabais muertos!’”. George sigue contando que Chopin le dijo más tarde que estaba como en sueños y no era capaz de distinguirlos de la realidad, que tocaba tranquilamente el piano persuadido que estaba muerto también.
Su estado emocional en Mallorca también se refleja en la carta a Fontana: “En mi celda puedes imaginarme, sin guantes blancos, pálido como siempre...La celda tiene la forma de una larga tumba...silencio...uno puede gritar...aún persiste la calma...te escribo desde un extraño lugar”.
Hacia 1840 su decadente estado de salud le preocupaba considerablemente, a pesar que su doctor por entonces, Dr. Gaubert, le aseguraba que no, él estaba convencido que era tísico. Su amigo médico Jaś, en estado terminal de la tuberculosis, creía que ambos compartían la misma enfermedad letal. Cuando Chopin compartió apartamento con Jaś hablaron mucho sobre dicha enfermedad.
Tras la muerte de éste, en 1842, antes de partir para Nohant estaba tan débil que le tenían que ayudar a bajar las escaleras del apartamento rue Pigalle.
A los treinta años, Chopin pesaba cuarenta y cuatro kilos.
Y todos los inviernos Chopin enfermaba. A principios de 1843 Fryderyk escribe a su médico Dr. Molin: “Sé tan amable de venir a verme hoy; ¡estoy sufriendo!”.
El 10 de noviembre de 1843 cae seriamente enfermo, con dolores del pecho, toses, sofocos y escupir de sangre.
Las cuestiones emocionales afectaban mucho a la salud de Chopin. Así, tras la muerte de su padre Mikołaj cayó enfermo. Pero cuando se enteró que Ludwika iba a visitarlo a París se recuperó inmediatamente. Sand escribe a Ludwika tras su marcha a Varsovia: “Tú eres el mejor doctor que ha tenido Fryderyk nunca porque sólo basta empezar a hablar sobre ti para que recupere el deseo de vivir.”
El año 1845 fue muy malo para la salud de Chopin. En una carta escribe: “He sobrevivido a tanta gente más joven y fuerte que yo, que pienso que soy eterno.”
A final de abril de 1849 Chopin entra en la fase final de su enfermedad. Berlioz le visita y recuerda: “incluso la más ligera conversación le fatiga de manera alarmante. Se esforzaba para hacerse comprender todo lo posible por señas.”
Fryderyk podía haber tenido premonición de su propia muerte cuando le pidió a su hermana Ludwika que viniera a verle: “Si podéis hacerlo, venid. Estoy enfermo y ningún médico podrá ayudarme como vosotros...Ocupaos en seguida del pasaporte y del dinero, pero hacedlo de prisa...”
El 22 de junio tuvo dos grandes hemorragias y el famoso doctor Cruveilhier concluye que Chopin estaba en su última etapa de tuberculosis y que nada se podía hacer ya por él.
El 25 de junio hace un llamamiento desesperado a su hermana Ludwika. En julio escribe a Solange: “Veo que él [Cruveilhier] me considera tísico porque me ha prescrito una cuchara de café con líquen”. Los líquenes se usaban en tratamiento homeopático para la tisis.
Los permisos para que Ludwika viajara a París no eran fáciles de conseguir. Delfina Potocka prometió hacer todo lo posible para conseguir el visado. Y lo consiguió. Ludwika llegó con su marido Kalasanty y su hija de catorce años el 9 de agosto.
Una vez en Plaza Vendôme, apenas podía moverse de una a otra habitación.
El 7 de octubre, de repente y casi inaudible exclama: “Maintenant, j’entre en agonie!” [Ahora, entro en mi agonía]. Cuando el doctor intentó consolarle, Chopin susurró:
“Raras veces muestra Dios el favor de revelar a un hombre el momento de la aproximación de su muerte; esta gracia me la ha concedido, no me moleste”.
Ludwika le cuida día y noche siempre a su lado. El poeta Zaleski dice que
“sus piernas y vientre estaban hinchados”.
El 12 de octubre, Cruveilhier reconoció que la muerte llegaría en horas. El 15 de octubre llega a París Potocka avisada de la extrema gravedad de Chopin, abandonando Niza precipitadamente. Fryderyk le dice a Delfina: “Dios ha retrasado tanto tiempo en llevarme a Él; Deseaba otorgarme el placer de verte”. Se movió el piano a la habitación para poder escuchar a Delfina y la pobre cantante apenas podía aguantar las lágrimas mientras cantaba, acompañándose ella misma al piano. A mitad de la segunda pieza fue interrumpida por un ataque violento de su enfermedad.
Una curiosidad de Chopin respecto a la religión es que nunca compuso ninguna obra oficialmente religiosa. Aunque siempre fue creyente, no lo practicó como la mayoría de católicos. Su comunicación con Dios era más íntima y personal. El Padre Jełowicki comenta durante aquellos últimos días de la vida de Chopin: “Me dijo
‘Te comprendo, no querría morir sin los Sacramentos, por no entristecer a mi amada madre, pero no puedo aceptarlos porque no los entiendo de la misma forma que tú.’ Las palabras de Chopin contrajeron mi corazón y lloré.
Pasaron meses con frecuentes visitas pero sin ningún resultado. Un día ante mis súplicas de confesión, él me dijo:
‘Te daré todo lo que tú desees’. Yo dije ‘¡dame tu alma!’ Él contestó ‘te comprendo, tómala’ y se sentó en la cama. Le di un crucifijo que asió con ambas manos. Lágrimas salieron de sus ojos. ‘¿Tú crees?’ pregunté, ‘Creo’ contestó, y en un flujo de lágrimas hizo su confesión aceptando la Extremaunción. Desde entonces se convirtió en otra persona. Después vino su larga agonía. En medio de los más grandes sufrimientos expresaba su felicidad, daba gracias a Dios, y su deseo de unirse a Él lo antes posible. A veces hablaba a los presentes con gran ternura
: ‘Amo a Dios y amo a la gente...mi querida hermana Ludwika, no llores! No lloréis amigos míos. Soy feliz. Siento que me muero...¡Rogad por mi!’. Y para expresar su gratitud hacia mí me dijo: ‘Sin ti, mi amigo, habría muerto como un cerdo’”.
Fryderyk Chopin murió pocos minutos antes de las dos de la madrugada del día 17 de octubre de 1849.
En los últimos días de su vida, Chopin escribió su último mensaje y con mano temblorosa escribió: “Si esta tos acaba asfixiándome os suplico abráis mi cuerpo para que no sea enterrado vivo”. Chopin tenía pánico a hipotéticamente poder resucitar en su tumba.
Sus deseos fueron concedidos y se le extrajo su corazón que fue Ludwika la encargada de llevarlo de vuelta a Varsovia.
Él mismo dio instrucciones para que en su funeral se tocase el Requiem de Mozart, en la iglesia de la Madeleine. A su funeral asistieron unas tres mil personas, el 30 de octubre. Y mientras el féretro era sacado de la cripta y transportado por Delacroix, Franchomme, Pleyel y el Príncipe Alexander Czartoryski; se tocó su Marcha fúnebre.
El organista también tocó dos preludios suyos, uno el nº 4 y otro se cree el nº 6.